lunes, 26 de marzo de 2012

LOS ESPACIOS OSCUROS


La venida del Papa a México, rodeada de una extrema parafernalia político-mediática, me ha llevado a volver a pensar en mi infancia, en mi educación católica a la luz del despliegue de las perversidades perpetradas por sacerdotes y monjas en contra de niños y niñas de por el mundo.
Puedo afortunadamente ofrecer unas reflexiones sobre ell, sin haber tenido que sufrir en carne propia la pederastia eclesiástica. Pero si el dato de Geoffrey Robertson es cierto, ese 10% de sacerdotes pedófilos es una auténtica monstruosidad y sus víctimas pueblan todos los rincones del planeta. Por ello no puedo dejar de escribir unas líneas y ponerlas en línea.
Vengo de una familia profundamente católica del lado de mi madre, mi abuelo fue miembro activo de la Cofradía de San Vicente de Paul, una institución caritativa por lo demás respetable; lo anterior me permitió, desde niño, en ocasiones que acompañé a mi abuelo en su giras de distribución de apoyo para los más necesitados, conocer la profunda miseria en la cual se encontraba atrapada ciertos segmentos de la población belga a pesar de estar en el mejor momento de la historia económica europea, esas tres décadas del llamado “fordismo” que siguió a la segunda guerra mundial. Siento que ello me dio una sensibilidad especial a esa miseria que para mí era insoportable.
Obviamente tuve que pasar por la educación católica; en Bélgica era generalmente de mejor nivel e igual de gratuita que la laica por el Concordato entre el estado belga y el Vaticano que le otorgaba muchos beneficios. Mis recuerdos no son malos ni tampoco gratos; una educación férrea, algunos sacerdotes, otros laicos, unos de ellos educadores espléndidos como mi profesor de Historia en la Preparatoria. Mucha gente dedicada a lo suyo, buena, profesional, amable.
Pero al lado de ellos, entre los sacerdotes, había por lo menos uno del cual me recuerdo particularmente bien, que tenía su reputación bien establecida: “no te acerques a él” te decían los más grandes. La fratria de alumnos evitó a muchos pasar ratos terribles. Es cura tenía la fama de usar el confesionario al cual teníamos que acudir mínimo cada semana antes de la misa, para invitarte a discutir sobre tus pecados (¿cuáles pecados a esa edad?)…¡en su cuarto!….recuerdo como si fuera ayer, su olor bucal a café con leche y pan con mantequilla y sus manos de las cuales había que desconfiar. Aprendí rápidamente de lo que se trataba, y no solo guardé distancia, sino que además tomé la precaución de evitar la confesión o de solo “soltar” lo mínimo para no recibir invitaciones incongruas. También evitar de encontrarme ese personaje asqueroso en lugares oscuros.
Y este es el tema central de lo que quería comentar en esta nota desde mi posición de geógrafo que no puedo dejar de lado aun comentando temas como ese. La existencia de espacios oscuros ha sido una fatal aliada de los sacerdotes para cometer esos crímenes. El ligue en el confesionario; el paso al acto en la sacristía, en el cuarto del clérigo o de la monja; el arrinconamiento del pequeño o la pequeña en algún espacio oscuro donde no es tan fácil ser visto, pero desde el cual también es imposible pedir socorro. El espacio oscuro es el espacio donde todo puede pasar. A diferencia de la calidad de los espacios domésticos que marcaron nuestra infancia, como bien lo explica Gaston Bachelard en su Poética del espacio, los espacios oscuros de las iglesias, de los conventos y de las escuelas han sido sin lugar a duda la peor trampa para los infantes. La Doctora Amparo Espinosa Rugarcia que presentó hace poco de manera admirable el libro de Robertson que ella misma hizo publicar, habló de una sesión muy desagradable que tuvo que pasar en un testimonio que presentó, todo ello en un espacio de un metro cuadrado.
Recuerdo que en 1981, el eminente sacerdote Joseph Lemercier, quien introdujo el psicoanálisis en el convento de benedictinos en Cuernavaca, contó durante una comida social en la cual estuve afortunadamente invitado, que cuando Roma le pidió cuentas, literalmente lo tenían secuestrado y que fue sometido a interrogatorios en celdas oscuras por personas enmascaradas: nuevamente, los lugares oscuros, la parafernalia de la represión, que ha sido usada ampliamente por la jerarquía católica.
Eso me lleva finalmente a un comentario sobre la Plaza Santo Domingo de la ciudad de México. Las celdas y mazmorras de la Inquisición se encontraban en el edificio de la Escuela de Medicina, a unos pasos de la Iglesia de los dominicanos, de los cuales se conoce la sumisión a la Inquisición en la ejecución de sus bajos artes. En el curso de una investigación sobre la Plaza, me percaté lo vacio y árido que se encontraba siempre el tramo de la plaza entre la calle de Belisario Domínguez y la Iglesia. Siempre pensé que la maldad acumulada en los espacios oscuros del edificio de la Inquisición, había permeado el espacio de la Plaza y generaban una topofobia quizás inconsciente del transeúnte hacia esa mitad del espacio de la plaza.
Demasiada creencia en el poder del espacio dirán algunos. Quizás…pero la escritora Silvia Molina cuenta que una de las leyendas actuales sobre el lugar es que los hombres y las mujeres que fueron torturados en las mazmorras de la Inquisición salen de noche en harapos llorando por sus familiares, pero que, además, los teporochos que habitan la plaza dialogan con ellos.
Los espacios oscuros conviven con nuestros espacios diurnos, quizás no porque albergan fantasmas, sino porque son la contraparte de la luz, de la felicidad y de la calidad del espacio que todos buscamos. En esos espacios oscuros muchos han perdido la inocencia de su infancia, como lo cuenta Christiane Rochefort en La puerta del fondo  sobre la pedofilia, y que fue laureado del premio literario francés Medicis en 1988.
Por ello, es hora de hacer la luz sobre esas historias infames, castigar quienes han destruido infancias, y buscar que todos los espacios sean de luz y no de oscuridad.

REFERENCIAS:
Bachelard, Gaston (1965 [1956]), La poética del espacio, México: Fondo de Cultura Económica.
Molina, Silvia (2007) “El barrio de Santo Domingo y sus estrellas”, Revista de la UNAM, N° 43.
Para la presentación del Libro por la Doctora Espinosa, consultar: http://www.demacvirtual.org.mx/content/caso-papa#comment-2384
Robertson, Geoffrey (2012), El Caso del Papa, México: Editorial Demac.
Rochefort, Christiane (1989), La puerta del fondo, Barcelona: Editorial Seix Barral

jueves, 22 de diciembre de 2011

ADIÓS A SANTA


A veces siento que ciertas advertencias neomarxistas a la David Harvey o a la Neil Smith son puras exageraciones: ¿Cómo es eso del “revanchismo urbano” de las burguesías que quieren retomar los Centros Históricos? ¿Sería cierto que estamos frente a una guerra a la Custer? ¿Matar indios, robarles el territorio? Nada más faltaría que se corten orejas como en la conquista del Oeste americano y la Guerra del Desierto en Argentina…No, señores, ¡estamos en el siglo XXI no en el XIX! ¿No creen que exageran un poco? ¿No sería que tienen el “complejo de Moyssan” o sea que ven maldad por todas partes donde él ve extraterrestres?
Y sin embargo, anoche que oí el noticiero televisivo me quedé pasmado al oír que el gobierno de “izquierda” del Distrito Federal había tomado la decisión de cancelar, a partir del 2012, la presencia de la verbena popular de Santa y los Reyes Magos en la Alameda de la ciudad de México. Por sesenta años, la población de la ciudad se acostumbró a ir a ver a Santa a la Alameda. Sacarse la foto en uno de los cuarenta paisajes-escenarios fue el placer de pequeños y grandes. Juegos, manzanas en dulce, el famosísimo algodón con sus colores pasteles, la romería de todo tipo, todo eso debe desaparecer para el año 2012. Y no olvidemos los Reyes Magos: ellos también son parte de una vida urbana rica en sabores, colores y afectos de todo tipo.
Pero ya no. La explicación que dió un funcionario en la entrevista televisiva es evidente: ya son muchas personas las que acuden, y es mejor pasar esa romería al Palacio de los Deportes. Será entonces un evento más entre competencias deportivas y ferias del regalo, de la novia, del empleo y de cualquier cosa. Pero la romería de diciembre tiene otro sentido, es otra tradición y no se puede equiparar tan fácilmente con los eventos consumistas que suele albergar el Palacio de los Deportes.
La falta de sensibilidad del gobierno es evidente, pero peor aun es el segundo argumento apenas deslizado en la entrevista: “unos inversionistas privados se interesan en mejorar y reforestar la Alameda”. Ya salió el peine…”gentrificar” la Alameda es un tema central ahora. Claro, si han visto las publicidades inmobiliarias para los nuevos conjuntos frente a la Alameda y en ese perímetro en renovación que queda atrás de la avenida Juárez, se entiende perfectamente. La imaginería manejada por los promotores presenta a la Alameda como una suerte de Central Park neoyorkino, un buen argumento para vender caro unos departamentos modernos para clase media con sueños americanos en todos los lóbulos de sus reducidos cerebros. Se trata de poder ir a hacer el “jogging” en “Central Alamída” (favor de pronunciar en buen inglés no como Peña Nieto, por favor) y de pasear “french poddle”, chihuahuas, pekineses y otras bolas de pelos para departamentos sin tener que cruzarse con las clases peligrosas.
Pero sacar a la “prole” de la Alameda no se podrá resolver solo con quitar el evento decembrino: falta quitar los ancianos que descansan en uno de los pocos espacios verdes del Centro Histórico; los empleados domésticos que vienen a buscar en ese espacio un poco de su pueblo perdido; los diversos grupos de personas que bailan los domingos, sin olvidar los homosexuales que tienen su rincón de paz en el fin de semana.
Adiós diversidad sexual, etaria, religiosa, social y demás…¡David y Neil tienen razón! Resulta urgente para un gobierno de “izquierda” que busca una buena imagen con el capital, limpiar esos espacios públicos tan atractivos para los Bobos (Bohemian Bourgeois)y demás amantes de una supuesta vida urbana a cuya destrucción contribuyen ampliamente. ¿Una contradicción más? No es así, la izquierda que ya sacó los niños de la calle del Centro, que removió a los ambulantes sin ofrecerles una verdadera alternativa, y que se asocia con el gran capital para renovar una ciudad solo es el instrumento de una recuperación de la ciudad a beneficio de los que pueden pagar por ella.
¿No sería tiempo de “indignarse” como lo propone Stéphane Hessel?

miércoles, 14 de diciembre de 2011

DIASPORA JUDIA Y MEXICO

Tan lejos nos parece el genocidio perpetrado por los nazis, que a veces resulta todo queda nublado por impresiones vagas, y recuerdos de películas o documentales. Y sin embargo, ese evento que marcó el siglo XX y la historia de la humanidad de manera indeleble, no deja de ser el hito mayor de la violencia salvaje, de la xenofobia, de la deshumanización.
Por ello es que vale todavía, hoy y cada día, recordar, es decir hacer nuestro trabajo de memoria sobre tal evento. Hoy lo haré a partir de una conversación que tuve con Liliana López Levi, una conocida geografa de la Universidad Autónoma Metropolitana campus Xochimilco de la ciudad de México. Hablabamos, en los resquicios de un evento sobre Teorías Urbanas, de los niños de Morelia, aquellos pequeños que fueron salvados gracias a la respuesta formidable que tuvo el gobierno del Presidente Lázaro Cárdenas del Rio (1934-1940) que los trajo a México y los asiló en la ciudad de Morelia, donde les dió el cobijo necesario hasta su mayoría. Algo que engrandece a México y que será recordado por largos años más por la generación rescatada del infierno de la guerra civil y por sus hijos y nietos, así como por el pueblo español en general. Liliana me contó que, por desgracia, la actitud frente a los judios, unos años después, no fue tan benevolente. Me acaba de mandar una cita particularmente traumática que reproduzco a continuación: Es un fragmento de la Circular Confidencial num. 157, enviada por la Secretaria de Gobernación a la secretaría de Relaciones Exteriores, México D.F., a 11 de agosto de 1934, que dice: Por último, esta Secretaría ha creído conveniente atacar el problema creado por la inmigración judía, que más que ninguna otra, por sus características psicológicas y morales, […], resulta indeseable; y en consecuencia no podrán emigrar al país, ni como inversionistas en los términos del Acuerdo de fecha 16 de febrero anterior 1934[…]si se descubre que es de origen judío, no obstante la nacionalidad a que pertenezca, deberá prohibírsele su entrada, dando aviso inmediato por la vía telefónica a esta Secretaria. 

Dos pesos, dos medidas...una clara evidencia más de la presencia nazi en México y de su influencia sobre las políticas de la época. Una triste advertencia de que en países generosos puede haber signos de bajeza moral. Habrá que recordar también el trato que el gobierno francés dió a los exiliados republicanos que cruzaron la frontera gala y fueron encarcelados durante años en campos miserables donde muchos perecieron. 

A este respecto, el libro de Jordi Soler (los Rojos de Ultramar) dibuja un panorama desolador de estos campos, particularmente el de Argeles-sur-Mer, hoy un lindo destino turístico costero del Mediterráneo francés, a un paso de la frontera española, cuyos visitantes ignoran todo de la masacre ejecutada en el lugar mismo donde tienden sus toallas para tomar el sol. Hechos de un gobierno francés de izquierda por cierto, no muy diferente del gobierno colaboracionista del viejo mariscal Pétain durante la segunda guerra. 

Después de comentar el nomadismo en una entrega anterior, me pareció necesario insertar esta nota y estos comentarios: el nomadismo, hoy sanctificado por la posmodernidad, también muestra tonos al rojo vivo, cuando se trata de personas desplazadas, humiliadas y ejecutadas sin más razón que un odio ciego. Y esto sigue siendo el pan de cada día.... 

Sobre el tema de la recepción de los judios en México en los previos a la guerra, la referencia de la cual sale la cita anterior que me mandó Liliana es: Daniela Gleizer, México frente a la inmigración de refugiados judíos 1934-1940, México, CONACULTA, INAH, Fundación Eduardo Cohen, 2000.

domingo, 20 de noviembre de 2011

TO TRAMP THE WORLD

Yi-Fu Tuan, en un texto de 2004 (Place, art and Space, Center for American Spaces, Santa Fé, Nuevo México) usa la expresión “to tramp the world” que se puede traducir por “vagabundear en el mundo” en referencia a un joven que se dedicó a recorrer el mundo sin orden previo. Esto me lleva a escribir unas notas sobre el "nomadismo" en nuestras sociedades actuales, un tema que busca articular la noción del ser, con la del arraigo al espacio, algo que confunde mucho los geógrafos desde siempre. Empezaré por unos recuerdos y reflexiones de mis vivencias personales que apuntan, en mi entender, directamente al tema. La primera remonta a mis primeros años de vida. Quizás tenía seis años. Mi abuelo solía ir el domingo al "Circulo Católico" de su ciudad natal, Erquelinnes, ubicada en la frontera franco-belga. Constituidos para enfrentar el alcoholismo del proletariado, los múltiples círculos de este tipo también atraían la gente bien, católicos persignados y atentos a la salud moral de sus congéneres. Ese domingo, mi abuelo jugaba billar, con mi padre y mi tío, en ese momento bendito para ellos entre la misa de las 10 y la hora sagrada de la comida, iniciando con un consabido aperitivo de Oporto, sin duda mejor que el vino de consagrar que se empinaba el cura. En el local entró un hombre sencillo: no un vagabundo sucio y andrajoso, sino un trabajador limpio, vestido con ropa tan modesta como sus ademanes discretos. Pidió una cerveza que le sirvió el cantinero. Después, este se fue a la parte privada del local, desde donde habló a los gendarmes. Ni tardos ni perezosos, estos se hicieron presentes en unos breves minutos, ni siquiera el tiempo suficiente para que el hombre terminara su cerveza. Inmediatamente le pidieron sus papeles, le obligaron a exhibir una cantidad mínima de dinero, que éste no tenía, y al fin lo llevaron por vagabundo. Puedo acordarme todavía de mi coraje, de mi sensación de injusticia hacia ese hombre que solo tenía sed, y quería tomar una simple cerveza. Era de esos trabajadores itinerantes que iban de granja a granja a ofrecer sus servicios, jornaleros nómadas que vivían entre granja y granja, caminando por veredas del campo, personajes que tan bien describió el escritor francés Jean Giono en sus obras sobre la Provenza de la primera mitad del siglo XX. Para la mentalidad de mi infancia, era peligroso el hombre que no tenía domicilio fijo, que no podía demostrar una dirección clara y tener un mínimo de recursos en el bolsillo. Con la modernización del campo y el boom económico de los sesenta, esas figuras tradicionales desparecieron. Dejé de ver a esos trabajadores con la cara arrugada de tanto sol, con ese paliacate rojo en torno al cuello que servía para todo, desde secarse la transpiración, como envolver algo, con esas bolsas tan reducidas donde llevaban prendas y objetos personales (¿qué podían llevar en esas bolsas? me preguntaba yo...). Más grande, los nómadas siempre me atrajeron: los gitanos en primer lugar; sin orígenes fijos, envueltos de misterio y de leyendas sobre la belleza de sus mujeres; músicos extraordinarios unos como el guitarrista de Jazz Django Reinhardt que, por cierto, nació en Charleroi (cerca del lugar de origen de mi familia) seguramente una escala más en los deambulares de su familia gitana. También los judios: nómadas involuntarios, forzados a la diaspora, reunidos finalmente en una patria medio legítima medio robada. Me gustan los ojos de las mujeres judías, quizás porque reflejan tantos paisajes reales o soñados que llevan en sí, a veces sin saberlo. Me gustan los mongoles y sus deambulares en esos territorios que parecen incapaces de nutrir ni a una humilde vaca. Cuando estudié arquitectura, me enamoré de sus tiendas-casas, tan comodas y relativamente fáciles de montar: una lección de tecnología para crear un habitat mínimo y funcional que todas las mentes que trabajan en Ikea están lejos de poder imitar en sus ´lineas de "mobiliario mínimo". Hace poco hice la cuenta: viví en 17 casas diferentes desde mi nacimiento. No es ningún reto a la estabilidad, sino el resultado de un modo de vida ni siquiera precario, sino simplemente móvil. No me siento un Jack Kerouac que se la pasa "en el camino". ni quisiera emularlo. No obstante profeso mi admiración por los beatkniks y sus búsquedas tanto espirituales como cuasi geográficas y por ello escribó un ensayo sobre ellos. Lo reconozco, la movilidad me trabaja por adentro, me llama, no el camino en sí, sino el descubrimiento: pero éste solo se puede lograr a partir del movimiento, de la apropiación del camino, del andar entre paisajes siempre cambiantes y por ende efímeros. Y esto me lleva a unas reflexiones finales a manera de preguntas que espero poder desarrollar y quizás en parte responder en otras notas como ésta: ¿De qué manera la movilidad transforma nuestro ser? ¿Será que el homo-movil es mejor que el sedentario, al contrario de lo que se profesó por muchos siglos en el mundo occidental? y si aceptáramos más la movilidad, no a la manera neoliberal sino como un compromiso con el mundo, ¿cómo evolucionaría nuestra visión del mundo? ¿la humanidad sería más pacífica? En este sentido, quizás las famosas NTIC, las nuevas técnicas de información y comunicación tienen algo bueno ya que nos permiten ser nómadas en el mundo virtual y sedentarios en el mundo real; quizás por eso el turismo (inteligente, ¡obvio!) es un avance de la humanidad. Tengo muchas preguntas más...muchas preguntas que atacan nuestro núcleo duro de conformismo, en el cual el conformismo del sedentarismo es quizás el peor, porque lleva, pienso yo, al odio del otro, a lo patriotero, a la cerrazón, al único respeto por lo que es cerca. Seguiré...

miércoles, 19 de octubre de 2011

RECLUS NUEVAMENTE: ¿DETERMINISMO O SENTIDO DEL LUGAR?

En esta ocasión, les presento un extracto de la Geografía de Francia, Tomo II de la Geografía Universal de Eliseo Reclus; el texto versa sobre Bretaña, su paisaje, el arraigo de los bretones a su medio...quizás algo de determinismo, dirán algunos; yo me inclino más por la aguda observación de un profundo sentido del lugar de los bretones, un arraigo a su tierra, y la "morriña" que se siente al dejar su tierra...

"Morriña", una palabra muy castiza y poco usada pero que expresa tan sonoramente una pérdida, una extrañamiento de la tierra de origen..."le mal du pays" como dicen los franceses...

Va entonces el extracto del texto de Eliseo Reclus en castellano y su versión original, para los puristas.

« Souvent un ciel bas et sombre pèse sur l’espace et donne à la nature entière une physionomie de tristesse et de désespoir. Pendant les beaux jours, la mélancolie de la terre et du ciel fait place à une joie toute intime et contenue, si discrète qu’elle ose a peine se révéler: on la sent, mais elle ne se montre pas. Tels sont les paysages de Bretagne. Le charme pénétrant en agit avec d’autant plus de force sur les paysans bretons qui la plupart n’ont pas encore modifié leur milieu par l’industrie ni renouvelé leur esprit par l’étude. Aussi les bretons dépaysés se laissent-ils souvent envahir par la nostalgie: enfermant obstinément leur pensée dans le souvenir de la patrie, ils meurent a tout ce qui les entoure et finissent par s’éteindre sans savoir échapper a l’étreinte de leur rêve ». (Reclus, 1883, Nouvelle Géographie Universelle, la terre et les hommes, Tome II La France, Paris: Librairie Hachette et Cie, pp. 597).

“Con frecuencia un cielo bajo y sombrío pesa sobre el espacio y da a la naturaleza entera una fisionomía de tristeza y de desesperanza. Durante la temporada buena, la melancolía de la tierra y del cielo deja lugar a una alegría toda íntima y contenida, tan discreta que apenas si osa revelarse: se siente pero ella no se muestra. Así son los paisajes de Bretaña. El encanto penetrante actúa con tanta más fuerza sobre los campesinos bretones, por el hecho que la mayoría de ellos todavía no han modificado su medio por la industria ni su espíritu por el estudio. Así los bretones fuera de su lugar de origen, con frecuencia se dejan invadir por la nostalgia: encerrando obstinadamente su pensamiento en el recuerdo de su patria, mueren a todo lo que los rodea, y acaban por extinguirse sin saber cómo escapar al abrazo de su sueño”. Reclus, 1883, Nouvelle Géographie Universelle, la terre et les hommes, Tome II La France, Paris: Librairie Hachette et Cie, pp. 597).

lunes, 13 de junio de 2011

EL MAPA Y EL TERRITORIO


No suelo ser comprador compulsivo de las obras literarias en lengua francesa premiadas por cábalas de “especialistas”; más bien diría que me causan repulsión. Pero frente al título “La carte et le territoire” (“El Mapa y el Territorio” ), última obra de Michel Houellebecq y premio Goncourt 2010, mi corazón “geográfico” no pudo resistir a la tentación de leerlo. A decir verdad, Houellebecq es un escritor muy particular en la constelación literaria francesa: en cierta forma marginal, rockero, tocando temas inquietantes y controvertidos socialmente hablando, no resulta ser un personaje particularmente atractivo, y sus obras inquietan tanto como atraen . Houellebecq es –afortunadamente- alguien que no conoce la expresión “políticamente correcto….
De su amplia producción, no toda reconocida por los críticos, destacaré “las partículas elementales” donde retrasa a su manera algo voyerista y cínica, el malestar de una generación. “Plataforma” , un libro en el cual este malestar se conjuga con el turismo sexual, resultó ser una bomba para muchos lectores, e inclusive le valió una demanda de los editores de la guía turística “Le Guide du Routard”, adulada tanto por los residuos de la época hippie como por los Bobos (Burgueses Bohemios), por el tono particularmente despreciativa con el cual un personaje de la obra habla de esa guía, misma que confunde muchas cosas de México y allende nuestras fronteras.
Houellebecq, en esta nueva entrega, nos ofrece una novela particularmente atractiva que retoma sus reflexiones anteriores sobre su generación, una visión particularmente autocrítica de su propia persona que se vuelve un personaje clave de la obra y una trama donde la novela policiaca no es ausente . Todo ello con dosis muy fuertes de cinismo, de crítica social encubierta o directa, a través de una prosa quizás seca, directa y sin enroscamientos en torno a iluminaciones pseudo- filosóficas. A sus 53 años (nació el 28 de febrero de 1958), para muchos el escritor es el representante de cierta generación, “la generación Houellebecq” que exhibe el abismo interno de sus miembros en la representación de los personajes de sus obras.
Jed Martin, el personaje principal de la obra, hijo de un arquitecto enriquecido por la construcción de desarrollos turísticos, y con una madre que se suicida muy joven, se frota con la carrera de arquitecto, dibuja y se ubica en una posición diletante frente al mercado laboral. El azar de un viaje en automóvil con su padre para ir al entierro de su abuela, lo hace descubrir los mapas carreteros de la empresa Michelin, famosa sobre todo por su producción de llantas. Houellebecq hace decir a Jed:
“Este mapa era sublime…[…]…Nunca había contemplado un objeto tan magnífico, tan rico de emoción y de sentido como estas mapas Michelin escala 1/150,000 de la Creuse, Haute-Vienne. La esencia de la modernidad, de la aprehensión científica y técnica del mundo se encuentra mezclada con la esencia de la vida animal. El dibujo era complejo y bonito, de una claridad absoluta, utilizando solamente un código restringido de colores. Pero en cada una de las aldeas, de los pueblos representados según su importancia, se siente la palpitación , el llamado de docenas de vidas humanas, de docenas o cientos de ánimas-unas prometidas a la damnación, las otras a la vida eterna” (2010: 54).
El descubrimiento estético de Jed Martín lo llevará a consagrar una fase de su exitosa vida artística a la fotografía de esos mapas, fotografías que llegaron, según la novela, a volverse verdaderas obras de arte. El mecenazgo de la misma empresa Michelin, fascinada de ver sus mapas tradicionales transformados en arte y claramente consciente de lo que el aval artístico puede significar para sus volúmenes de venta, llevan a Jed Martín a un éxito poco ordinario en el mundo del arte. Las reproducciones fotográficas se venden a buen precio, a través de una página especializada tal y como ocurre con los clichés tomados por fotógrafos de reputación internacional.
Ver al mapa como una obra de arte, particularmente cuando éste se ha vuelto de una precisión técnica irreprochable, con convenciones muy establecidas, puede ser entendido como una cierta mirada crítica y cínica de Houellebecq frente a un mercado del arte particularmente especulativo, para el cualsubastar un dibujo en la esquina de un mantel de papel de cierto artista conocido puede llevar a ganas millones.
Pero a la vez, nos vuelve a lanzar una interrogación particularmente fuerte sobre la relación entre la producción del conocimiento geográfico y la estética. Humboldt fue sin duda el primero en hablar del goce estético frente al conocimiento geográfico en la introducción de su gran obra “Cosmos”. Pero frente a la rigidez de las convenciones cartográficas y a la tesitura científico-idolatra de ciertas corrientes geográficas, tenemos derecho a preguntarnos sobre la permanencia de un sentimiento estético en la geografía.
Esta parte, aunque no sea el centro de la novela, donde el autor llega a introducir la “artialización” de la cartografía tradicional a través de la fotografía artística de los mapas que emprende el personaje central, es eminentemente reveladora de una tendencia instructiva para quienes practicamos la geografía, no solo como actividad alimenticia sino esencialmente como promesa de conocimiento y de satisfacción científica. El conocimiento en sí es obra de arte para la humanidad y como tal merece un reconocimiento en ese sentido. Por ello es que no pocos geógrafos o cientistas sociales aparentados no dudan en releer a sus “clásicos” con una mirada distinta, donde la calidad artística (sea el talento literario, sea la expresividad del mapa o de la fotografía) forma parte inherente de la calidad de la obra y realza el conocimiento. En verdad, las fotos, películas y series televisivas de YannArthus-Bertrand ¿no son ahora quizás la mejor forma de enseñar a los estudiantes la belleza intrínseca de la naturaleza como forma de generar un verdadero amor por el planeta tierra que el desarrollo faústico borró de nuestras mentes?
Aparte de esta reflexión y de la relación a la geografía que proviene de esta línea de desarrollo de la novela, quiero señalar una segunda y última que me parece de una justeza de juicio particularmente fuerte: el autor hace una presentación crítica de la transformación de los pueblos rurales franceses en un futuro no tan lejano, cuando éstos, retomados por los “nuevos habitantes rurales” lo transformaron de aldeas retrógradas y desiertas en pequeñas concentraciones humanas abiertas, cosmopolitas y de regreso “al terruño”: una lectura obligatoria para todos aquellos que se interrogan sobre los impactos de las “migraciones de amenidades” (aquellos movimientos de población generados por el deseo de una vida mejor, como la de los americanos a ciertas ciudades de México o de los ingleses al sur de Francia) y de la nueva urbanización de las áreas rurales.
Con Houellebecq es difícil saber dónde empieza la crítica cínica de los que expone y dónde plasma un verdadero sentimiento y una reflexión sentida sobre los temas de sus novelas: que critique el mercado del arte, no lo podemos dudar; que encontró esa estética cartográfica que subraya a través de la fotografía de mapas que emprende su personaje central, no me atrevería a afirmar que es real o quizás es solamente parte de la subversión irremediable de todos los temas que atraviesa sus obras. Pero para el geógrafo, no nos puede dejar indiferente esos momentos de una obra literaria que, en este caso, mereció ampliamente el reconocimiento que le otorgaron. Además cualquier obra literaria es parte de este conocimiento del mundo al cual nuestra profesión contribuye también a su manera.

martes, 10 de noviembre de 2009

UN MURO CAE, OTROS CRECEN...

1. Un muro cayó, otros crecen…

Hoy, 9 de noviembre 2009, se “festeja” la caída del Muro de Berlín erigido en 1961, también conocido como Muro de la Vergüenza. Al pie del antiguo muro, Angela Merkel, Michail Gorbachov y Lech Walesa, rodeados por miles de berlineses, por curiosos del mundo entero y enviados de la prensa internacional. Mientras que en 1999 no se hizo ninguna celebración, parece que la cifra veinte indujó un pequeño milagro, el del recuerdo.
Claro que hace una década, era más difícil pensar en celebraciones: diez años no habían sido suficientes para dejar a los alemanes del Este en condiciones similares a las que prevalecían en el Oeste. Fabricas cerradas, insuficientes inversiones, en breve, los estigmas de lustros de dominación autoritaria y de desarrollo abortado dominaban aun el panorama de los “Oosties”. Ciertamente el comunismo de cuarteles como se llegó a llamarlo, más había hecho para reprimir que para impulsar. Recordar la caída del muro hubiera podido degenerar políticamente frente al rencor y el sentimiento de abandono que estaba muy presente en la época y aun domina en ciertos estratos de la sociedad de la antigua Alemania del Este.
Pero este 9 de noviembre, el discurso de la canciller fue orientado a reconocer las dificultades que pasaron quienes vivieron del lado este, mismas que ella conoció también por haber nacido de ese lado del muro. El río parecería haber reencontrado su cauce.
Pero para el resto del mundo ¿es momento de celebración? ¿Ya se cayeron todos los muros? Lejos de eso, podemos afirmar que la erección de muros ha sido una acción reiterada. Cayeron los muros de Jericó, cayó el muro de Berlín, pero ¿cuántos muros más se han construido más y cuántos muros antiguos han persistido en su afán de separación?
El muro es antes que todo una marca física fácil de entender para quien se encuentra de un lado o del otro del mismo, aunque la valoración depende del sentido mismo de la erección del muro: estar adentro significa protección si uno es parte del grupo que construyó el muro. Así, las murallas medievales de castillos y ciudades otorgaban paz y seguridad a quienes disfrutaban de su protección: cuando atacaba un señor de guerra y sus tropas, los campesinos cruzaban miedosos las fuertes elevaciones que separaban el castillo o la ciudad del campo circundante. Aun si la protección podía no ser tan efectiva, el sentimiento de seguridad era evidente.
Todavía hoy, la diferenciación geográfica se desdobla en una valorización distinta que le otorga todo su sentido: cuando se habla de París “intramuros” (lo que es una metáfora porque no existe más muralla física), se hace referencia a la parte central de París que cuenta con las mejores condiciones, mientras que el “exterior” esos suburbios donde, según el presidente Nicolás Sarkozy vive la “chusma” (la “racaille”) es el área de todas las fantasías sobre la vida de sus habitantes y el riesgo que representan para la gente “bien” que vive en la ciudad interior.
Vivir afuera es vivir en el error: esta es una conocida expresión mexicana con relación al presupuesto. También se aplica a la ciudad: vivir en áreas céntricas tiene cada vez más valor, extinguiendo, por lo menos entre ciertos segmentos de la burguesía, el imaginario de la casa propia en la periferia, con sus imágenes de vida sana y paz bucólica.
Un muro entonces no es una simple separación física: es la señal de una diferenciación clara y afirmada en el mismo espacio. La presencia de un muro marca de manera visible, paisajística, pero también mental, esa exclusión de un modo de ser a otro; sea de ciudad a campo, de raza elegida a raza impura, de país a país, de sistema político a otro. Más ignominia que los muros que cerraban los guetos de Varsovia y otros, difícilmente se puede encontrar. Más sin embargo….
Celebrar la caída del Muro de Berlín no puede tener un carácter universal si bien nos toca a todos felicitarnos de que los alemanes pudieron eliminar una de las barreras más vergonzosas de la segunda mitad del siglo XX. Pero han crecido otras, y no fueron edificados forzosamente por sociedades fascistas frente a sus vecinos-
En México, nuestra afrenta permanente es el Muro de la Tortilla, edificación inconclusa siempre perfeccionada que multiplica las edificaciones físicas con las virtuales de los sistemas de vigilancia electrónicas. Muro de muros, la edificación fronteriza relega a México a un estatuto de segundón en un proceso de liberalización que irónicamente fue promovido acérrimamente por los propios dirigentes de la época y que continua siendo una suerte de leitmotiv de los actuales. Cuando se festeja la destrucción de aquella edificación berlinesa, nosotros cumplimos quince años de haber aceptado un Tratado de Libre Comercio parangón de la eliminación de las barreras de todo tipo, pero generador del mayor muro construido en la historia de la humanidad. Sin más comentarios…
No nos olvidemos tampoco de otros muros de la vergüenza, como el que se encuentra en curso de edificación entre Palestina e Israel. Prefiero no decir los “territorios palestinos”, para abrazar la idea de que los palestinos deben ser reconocidos como Estado libre y soberano. Tan contradictorio es que un pueblo que merece también poseer un espacio-nación y que ha padecido los muros vergonzosos de los guetos y los aun más despreciables de los campos, sea ahora quien siga la táctica de sus torturadores. Ese muro, igual que el nuestro en la frontera norte de México, separa familias, dificulta el desarrollo de la parte más débil, marca para siempre la mente del rechazado con un sentimiento de vergüenza por su estado subalterno que desemboca en odio y, en casos como el palestino, llega a alimentar la locura terrorista.
¿Por qué construimos muros? ¿Cuáles son las razones profundas de esa locura que edifica la separación, que hace física la distancia mental que separa, que deforma el paisaje con una marca de formidable peso en el imaginario de edificadores y sus víctimas? Antes que todo, es la debilidad que aprisiona la mente de los que prefieren alejar que integrar; es también la incapacidad de entender que es justamente cuando nos encontramos con los otros que podemos construir nuestra propia identidad, como tan bien lo han demostrado ciertos antropólogos; es finalmente, es fruto del miedo del más poderoso a perder lo que acumuló, con frecuencia a expensas de aquellos mismos que descarta, que aleja de sí mismo.
Hemos formado así un mundo de divisiones físicas cada vez más notorias, cuando la ideología que sostiene el modelo dominante destila un discurso de apertura. Curiosa contradicción que se expresa no solamente en muros como los mencionados, sino en múltiples formas de separación geográfica: desde las comunidades cerradas, las puertas blindadas, hacia los puentes que separan comunidades étnicas en la antigua Yugoslavia, el periférico que se vuelve la nueva fortificación parisina, hasta el espacio virtual en el cual prevalece una segregación de acceso según los ingresos.
Entre las tareas del siglo XXI está la de derruir los muros que conducen a un mundo donde reina la falta de entendimiento y las desigualdades más vergonzosas entre segmentos de la sociedad. Hablar de sociedad mundial o de libertad internacional es solamente un mito más, una construcción imaginaria que oculta la proliferación de muros reales y virtuales y de todas esas barreras que separan lo que debería ser unido.